Falco y sus lectores, una relación que merece ser pensada.
¿Quiénes leemos sus poemas?
¿Tenemos algo en común, cómo nos distribuimos por sexo, edad, raza, religión, barrios, etc.?
¿Cuántos somos?
¿Formamos una generación?
Por generación entiendo un sistema de creencias y afinidades, que incluye y excluye gente y rompe cronologías.
En ese sentido seremos siempre una generación en construcción.
Habrá personas siempre dispuestas a exponerse
a la temática falquiana: la ciudad, los amigos, el amor, la pobreza, las luchas, la soledad y la muerte.
En los poemas se da un arraigo apremiante entre el hombre y el paisaje que lo rodea, entre el hombre y el poeta, entre el hombre y su propia vida y su propia muerte.
Falco es habitante de un mundo al que el lector accede directamente, no mediando nada, sin dilaciones ni metáforas, se presenta un verso sencillo, desnudo e inmediato.
Y este vínculo entrañable, próximo, delimita un mundo del que no queremos irnos, y al que otros quieren entrar.
Leer la poesía de Falco es estar dispuestos a que nos abrace, nos diga un secreto, nos acaricie amistosamente la cabeza.
Una relación difícil de olvidar: un ángel entre nosotros, acá “en la madre cruel”.
Velando por los desvelados, los que nos tomamos siempre una a su salud: MAESTRO
Para no pensar lo que debes pensar, para no decirte lo que debes decirte, ibas mirando algo que no existe. Pero debes pensar y oír como se debe.
Mira los árboles. Tienen hojas verdes ahora y tú no las has mirado. Palpaste más de una vez sus troncos viste latir y subir su savia. Mira sus hojas ahora.
Qué manía tienes. Quieres estar en el fondo de las cosas quieres ver las hojas cuando no existen todavía. Te quedarás ciego así, confundido; olvidarás el verde la forma de toda cosa, morirás. Olvidarás todo así, todo. Mira las hojas. Tienen forma de hojas y son verdes.